Archivos para 18 octubre 2009

18
Oct
09

Padres que se apropian de los problemas de sus hijos.

Un hijo tiene una situación para resolver.  ¿Usted le ofrece apoyo, le ayuda o sencillamente se la resuelve?  No pocos padres y madres optan por esta última posibilidad.  Muy pocos lo reconocen.  Muchísimos creen que es lo que deben hacer.

Esto de ser padres o madres a veces nos confunde.  Pensamos que a nuestros hijos les tiene que ir bien en todo, y que estamos nosotros para garantizarlo.

¿Es usted de los que revisan los cuadernos de su “bebé”, tarde en la noche, y se acuestan más tarde aún, después de haberle borrado todo lo que había hecho mal y dejarlo impecable (el angelito, mientras tanto, duerme plácidamente, y al día siguiente “saca” buena nota)?

¿Madruga a preparar la fruta de “la nena” porque está pasada de peso y se lamenta todo el día de no bajar, y cuando regresa cansada en la noche (usted) encuentra que ella se comió todo el pan que usted había escondido, y que la fruta aún está servida?

¿Recorre las papelerías de la ciudad a medianoche, una o dos veces por semana,  porque su niño recordó al momento de acostarse que no había comprado la cartulina para la cartelera que le pidieron ocho días atrás?  Además ¿trasnochó haciendo la bendita cartelera?

Si sus respuestas a estas preguntas (o a otras parecidas) son afirmativas, usted es de los que creen que su hijo o su hija deben tener éxito en la vida, aunque no tengan ni idea sobre cómo lograrlo.  Lo siento mucho por usted… y por él o ella, por supuesto.
Una recomendación: no se queje cuando le vaya mal a su “bebé”, porque, desde luego, le hará la pataleta del siglo porque usted no le hizo la tarea o la comida de dieta o le preguntaron algo que usted no le enseñó o… simplemente, usted no estaba ahí para resolverle el problema que fuera.

Esa pataleta, que muy seguramente será ofensiva, es de las cosas que nos tenemos bien ganadas por inocentes o por ingenuos o… por tontos.  Da igual, me parece.

Por supuesto, no se trata de dejarlos solos en medio del desierto para que aprendan cómo es de dura la vida, pero sin lugar a dudas son muchos los padres y las madres que se pasan de la raya en eso de solidarizarse con los hijos.  ¿Y lo que logran?  Hacer creer a los demás que sus hijos son unos genios, en unos casos, o amargarse porque ellos no se toman como propias las dificultades que usted ha asumido, esperando que llegue el día en que descubran (¿cómo?) que sus problemas (los que usted adoptó), en realidad son de ellos mismos.

Mientras los hijos no conozcan y aprendan a manejar la realidad que tienen en frente, aprenderán poco de responsabilidad, de esfuerzo, de compromiso, de manejo del tiempo, de cumplimiento de metas, de puntualidad… en fin, de tantas cosas de esas que vemos en mucha gente en las oficinas o en los almacenes o en el servicio público, en general, podremos seguir pensando, sin mucho riesgo de equivocación, que esas personas tuvieron padres y madres como estos que hoy criticamos.

De ninguna manera es malo que los niños aprendan a identificar dificultades y la manera de resolverlas.  Pero basta un poquito de ayuda, nada más.  Tienen que reconocer qué las produce, cómo se manejan, cómo se actúa frente a ellas.  También, descubrir que no todos los días son iguales y que a veces hay que acostarse más tarde o leer un poco más o hacer algún esfuerzo importante para tener el gusto de cumplir.

Cuántos de nosotros sentimos más bien lo contrario: ¿que cumplir, que llegar a tiempo, que responsabilizarse, que esforzarse, que comprometerse es “una mamera”?  Eso lo aprendimos muy tempranamente por tener padres tan “buenos” que no nos dejaron aprender esto de vivir la vida como es, y nos metieron en un cuento que nos tiene amargados con todo el mundo, esperando que los demás no dejen de cumplir con su sagrada misión de hacernos todo más amable… y falso.

18
Oct
09

¿Para este año, otra vez promesas de cambio?

Y otra vez la misma frustración de todos los años, porque cambiar externamente es más bien fácil, pero no dura mucho.  Cambiar de actitud es más complicado y ofrece mejores resultados.

En estas fechas es mucha la gente que dice que ya no fumará más o que comerá menos o que dejará definitivamente el trago o que ahora sí cortará esa relación que tanto daño le hace o…

Pasados solo unos pocos días empiezan los remiendos para estos propósitos que no se han podido cumplir: “el año apenas empieza… de la próxima semana no pasa”, y se va perdiendo el entusiasmo, mientras llueven las recriminaciones de quienes nos escucharon prometer y prometer, como otros años.

No somos tan carentes de la famosa “fuerza de voluntad” que todo mundo invoca. Más bien, no sabemos cómo enfocar el asunto.  Cambiar no quiere decir bajar diez o veinte kilos de peso en determinado lapso.  Lo que sí hace falta es una nueva actitud frente a la comida o la bebida alcohólica o al amor imposible o a lo que sea que queramos cambiar.  Y una nueva actitud es algo bien diferente a un intento de logro.  Implica una nueva visión de la vida.  Algo esencial que hay que empezar a mirar de una nueva manera.

Sigamos con el bajar de peso.  Desde luego que es importante, y cuanto más rápido se logre, mejor; pero una dieta generalmente lo que implica es un gran esfuerzo.  Los resultados son buenos… hasta que dejan de serlo.  Quiero decir que llega el momento en que se ha bajado de manera significativa, pero ya no tanto o ya no más.  Ahí es cuando empiezan a complicarse las cosas.  Ese es el momento crucial del cambio, la hora de la verdad.  Lo anterior se sostenía con el impulso, pero en este nuevo punto es cuando el cambio actitudinal resulta clave.

Cambiar de actitud es plantearse una visión previa de lo que se desea, es anticiparse a los hechos a partir de lo que parece mejor para la vida, y empezar a buscar todas las circunstancias y los modos de llevarlo exitosamente al campo de los hechos.  Pero además, se descubre que comer sanamente, por ejemplo, no es tan difícil, y que puede ir acompañado de algo de ejercicio, de algún cambio en las formas de divertirse, de nuevos hábitos de sueño, de otra clase de lecturas, de otro tipo de restaurantes, de otro estilo de bocados o de tantas cosas más.  Porque una actitud es un cambio en la forma de ver y de vivir la vida.  Un cambio de peso sin un cambio de actitud no es más que un episodio que podrá producir un buen resultado, pero como no está sostenido por una nueva relación con la vida, tiende a desaparecer dejando mucho dolor y pesar.

Ayúdese para este cambio compartiendo también con personas que tienen actitudes similares a la que desea lograr.  Es un apoyo muy grande y beneficioso.  Los esfuerzos en solitario resultan desgastantes y difíciles de sostener.

Este nuevo año puede ser el del cambio en los intentos de cambio, si es que de verdad quiere cambiar.

18
Oct
09

Para la educación la verdad es un problema.

Convengamos en que educar no es lo mismo que instruir ni lo mismo que adiestrar.  Es, más bien, el resultado de un encuentro entre dos seres que tienen conocimientos y capacidad de comprensión diferentes, y ese resultado se espera que sea auténtico y mutuamente satisfactorio, más que verdadero, en el sentido de universal e inmodificable.

Si bien el educador busca lo mejor para el educando, lo mejor no siempre es lo deseable o lo posible, así que debemos tomar en cuenta cada circunstancia y a cada persona para adelantar una educación adecuada, y para esta opción la verdad puede ser el peor camino.

Además, como educar implica avanzar mediante las propias fuerzas, aunque la verdad sea una línea de orientación conveniente, no se puede imponer lo que no se puede asimilar, y frecuentemente nos encontraremos aceptando soluciones incorrectas simplemente porque son las únicas posibles bajo las circunstancias reales.

Si usted es un educador natural o profesional, habrá vivido la experiencia de encontrarse frente a un niño que lo insulta o le dice groserías.  Usted sabe que lo que ese niño le dice, además de que es una copia de lo que ha escuchado decir a los adultos, no tiene el trasfondo y la intención que a primera vista se le podría adjudicar; usted sabe que ese niño tiene rabia y está utilizando las herramientas con que cuenta, pero que no está incurriendo en una falta ‘de verdad’, sino poniendo en práctica lo que hasta ahora ha aprendido.  Por eso usted le hace entender en ese momento o un poco más tarde, que hay otros recursos para reclamar o para hacer conocer el enojo; usted le da otras herramientas, y en lugar de castigarlo, convierte esa circunstancia en una oportunidad de aprendizaje.

La verdad no se salvó en este caso.  Si hubiéramos defendido la verdad, tal vez hubiéramos debido ser más drásticos, pero lo que importa es el proceso de aprendizaje que logramos a partir de cada experiencia, y no la salvaguarda de lo que la verdad dice que está bien.

La realidad y el manejo que hagamos de ella en cada momento, son los ejes de todo aprendizaje, inclusive de aquellos aprendizajes que requieren finalmente una total precisión.

Si en el intento de establecer el número de baldosas de 20 centímetros de lado que tiene un patio rectangular de tres metros por cinco metros, el niño dice una cifra errónea, desde luego que no importa y que insistiremos más en su logro porque empleó el recurso adecuado para el cálculo.

Porque en la educación importa mucho más el proceso que se va cumpliendo para obtener los resultados, que los resultados mismos.

Esto quiere decir, en realidad, que importa mucho más el niño y el vínculo que puede establecer con el educador, sea éste profesional o no, que la verdad que se pretende defender por parte de los adultos.

Si hay algo que sea cierto, algún día, mediante el manejo espontáneo y libre de la realidad, el niño lo podrá descubrir.  A lo mejor, también, puede que descubra que no lo es, o que solo es cierto bajo determinadas circunstancias.  Pero una verdad impuesta o exigida a expensas de la calidad del vínculo que se pueda establecer entre el adulto y el niño, sirve de muy poco.  Mejor dicho, de nada.  La verdad no tiene importancia a la hora de educar.

¿Usted se ve a sí mismo tratando de establecer quién tiene la razón entre dos niños que se acusan de haber recibido golpes el uno del otro?  Si la respuesta es SÍ, usted está educando para la verdad.  Si lo que usted intenta es lograr que cada uno de los niños aprenda a tratarse con respecto y sin irse a las manos, usted ya va por buen camino.  Está manejando la realidad, sin importarle quién tiene más razón.  Felicitaciones.

18
Oct
09

Para un diálogo provechoso debe haber una auténtica actitud de escucha.

El diálogo es, tal vez, la herramienta para el entendimiento mutuo más promovida, y a la vez, más truculenta. Muchas personas dialogan más pensando en ganar que en comprender los argumentos del otro.

Casi siempre se parte de una posición, que no es otra cosa que el punto de vista parcial que se asume al empezar a dialogar.  A partir de ese momento ya se está parapetado en un sitio, y se intenta demostrar la validez de las reflexiones y de los argumentos propios, que serían más coherentes y más claros y reales que los del interlocutor.

Con frecuencia, cuando se siente que los argumentos de la otra persona son más contundentes, surge como defensa la descalificación del otro como forma de desautorizar sus opiniones o puntos de vista.

Todos en algún momento de nuestras vidas, y algunas personas muy frecuentemente, usamos este esquema.

Desde luego que así no se llegará jamás al entendimiento.  A lo sumo, al sometimiento del otro, que no es en sentido alguno, algo deseable.

Para un diálogo provechoso es imprescindible una actitud de escucha franca y real.  El interés tendría que estar centrado no solo en argumentar con claridad; también en tratar de captar con total honestidad lo que el otro dice, y proponerse asimilarlo para establecer dónde están las coincidencias y las diferencias.

Pero usted habrá sido testigo de la infinidad de veces en que uno de los interlocutores casi no puede esperar a que la otra persona termine de decir lo que está diciendo: menea la cabeza o empieza a expresar monosílabos que pretenden cortar el discurso del otro, o a tamborilear con los dedos.  Es claramente notorio que no está escuchando.  Apenas, mostrando que ya no puede esperar más para decir lo contrario de lo que le están diciendo.

En esos casos hay diálogo “técnicamente hablando”, pero no hay posibilidad de encuentro ni de conclusiones compartidas.  Es un diálogo estéril.

Haga el intento: busque que el diálogo sea una fuente de nuevos acuerdos, de reconocimiento del otro. Descubra el enriquecimiento mutuo y la enorme satisfacción que produce abrir las posibilidades de ampliación de sus criterios y de los criterios ajenos.  Las vivencias de logro, de encuentro, de ganancia son enormes, y solo se necesita practicar esa buena disposición a la escucha y al conocimiento de ese otro que desea compartir sus puntos de vista con nosotros.

No permitamos que esas oportunidades de mejoramiento de nuestros vínculos se nos vuelvan lo que un adolescente llamaba “dialogazos”, aludiendo a cómo sentía cada uno de esos encuentros con su padre, con el propósito de  “dialogar”.

Con un pequeño esfuerzo de atención, simplemente, y cuidándonos de no caer en las distorsiones ya anotadas, podremos rescatar el verdadero diálogo y sus maravillosas consecuencias para el entendimiento que tanta falta nos hace hoy por hoy.


Diálogo con los lectores

El Buentrato debe abarcar todos los ámbitos de nuestra existencia, esto involucra obviamente a todos los seres humanos, incluyendo a nosotros los adultos (…).  Los parques se crean para los niños, pero no hay una cultura del respeto para con los adultos mayores.  Sara Aguilar.

Dejo el reclamo de doña Sara como testimonio y como invitación a todos para que no permitamos que lo que ella denuncia se vuelva una realidad injusta, como de hecho manifiesta que ya ocurre. Jorge Alba.

18
Oct
09

Perdonar no es muy fácil, aunque es imprescindible.

Una vez que nos hemos sentido ofendidos por alguien, y consideramos que tenemos razones justas para enjuiciar la acción que nos hizo daño, lo único que podemos hacer para sentirnos mejor, es perdonar, pero no resulta fácil.

Menos aún, olvidar, que es algo que muchos se proponen y casi nadie logra: de todas maneras hay que pasar por la estación del perdón.  Que nos ofrezcan disculpas, podría ayudar, pero no está en nuestras manos.

Vale la pena identificar la dificultad: ¿a quién hace daño que no perdonemos?  Es posible que afecte al ofensor por no recibe la “absolución”, pero también puede que no; no toda persona que ofende o daña se preocupa por lo que hizo.  A quien sin duda hace daño, sin excepción, es a quien no logra perdonar.  Lo quiera o no.  Suena paradójico, pero así es.

No perdonar significa conservar un malestar, tal vez alimentar un resentimiento, y mientras esto ocurre, el poder destructivo de ese malestar se va estableciendo en nuestro interior y nos va carcomiendo poco a poco, y de manera inexorable.

No perdonar es mantener una idea de vulnerabilidad propia, de asalto a la buena fe, de engaño, que nos vuelve víctimas del hecho acaecido.  Y sentirse víctima, progresivamente nos convierte en víctimas verdaderas, ya no de nuestro ocasional victimario, sino, peor aún, de nosotros mismos.

Hay personas que duran mucho tiempo quejándose del daño recibido, y mascullando día a día la sinrazón de la ofensa.  Creen que mientras su lógica les muestre que no fue justo el trato recibido, toda vez que se refieran al hecho, inculpan y atacan al agresor.  No es así.  Puede ser que el agresor ni se entere de esos pensamientos o de esos comentarios.  Todo lo pensado o dicho, en cambio, sí ahonda el pesar o la rabia o la amargura que acarrea sentirse víctima.

Otras personas creen que mientras no haya disculpas expresas, no se debe perdonar.  Es como si quien le hizo daño quedara en el interior del agredido con una cuenta pendiente, que mientras esté viva, algún día se podrá cobrar.  Tampoco esto es cierto.  A la larga, tanto veneno tan bien dispuesto para dañar a nuestro “enemigo”, no hace más que intoxicarnos poco a poco y sin remedio.

Perdonar, entonces, no es algo que se le concede a otro.  Antes que nada es la necesidad de sanar en nuestra propia vida el resentimiento y el posible ánimo de venganza.

Muchas veces perdonamos a la otra persona sin experimentarlo en nuestro interior.  Puede ser un acto de generosidad, pero no es el perdón que más importa.  Lo fundamental es hacer lo posible por no alimentarnos de esos sentimientos negativos, y buscar sanear en nuestra vida el malestar hacia los demás.

Cuando aprendemos a no tomar los actos de los demás como ofensas hacia nosotros, hemos avanzado enormemente en nuestro proceso de maduración como personas, y en nuestra vida de relación con el entorno. Mientras esto no ocurra, seguiremos haciéndonos daño y creyendo que el causante de nuestro mal es otra persona.

El perdón, entonces, se concede, y al vivirlo, sanamos nuestra herida, sanamos nuestra vida.  El rencor, que es lo que se instala en lugar del perdón, sólo nos daña más y más.

18
Oct
09

Para un diálogo provechoso debe haber una auténtica actitud de escucha.

El diálogo es, tal vez, la herramienta para el entendimiento mutuo más promovida, y a la vez, más truculenta. Muchas personas dialogan más pensando en ganar que en comprender los argumentos del otro.

Casi siempre se parte de una posición, que no es otra cosa que el punto de vista parcial que se asume al empezar a dialogar.  A partir de ese momento ya se está parapetado en un sitio, y se intenta demostrar la validez de las reflexiones y de los argumentos propios, que serían más coherentes y más claros y reales que los del interlocutor.

Con frecuencia, cuando se siente que los argumentos de la otra persona son más contundentes, surge como defensa la descalificación del otro como forma de desautorizar sus opiniones o puntos de vista.

Todos en algún momento de nuestras vidas, y algunas personas muy frecuentemente, usamos este esquema.

Desde luego que así no se llegará jamás al entendimiento.  A lo sumo, al sometimiento del otro, que no es en sentido alguno, algo deseable.

Para un diálogo provechoso es imprescindible una actitud de escucha franca y real.  El interés tendría que estar centrado no solo en argumentar con claridad; también en tratar de captar con total honestidad lo que el otro dice, y proponerse asimilarlo para establecer dónde están las coincidencias y las diferencias.

Pero usted habrá sido testigo de la infinidad de veces en que uno de los interlocutores casi no puede esperar a que la otra persona termine de decir lo que está diciendo: menea la cabeza o empieza a expresar monosílabos que pretenden cortar el discurso del otro, o a tamborilear con los dedos.  Es claramente notorio que no está escuchando.  Apenas, mostrando que ya no puede esperar más para decir lo contrario de lo que le están diciendo.

En esos casos hay diálogo “técnicamente hablando”, pero no hay posibilidad de encuentro ni de conclusiones compartidas.  Es un diálogo estéril.

Haga el intento: busque que el diálogo sea una fuente de nuevos acuerdos, de reconocimiento del otro. Descubra el enriquecimiento mutuo y la enorme satisfacción que produce abrir las posibilidades de ampliación de sus criterios y de los criterios ajenos.  Las vivencias de logro, de encuentro, de ganancia son enormes, y solo se necesita practicar esa buena disposición a la escucha y al conocimiento de ese otro que desea compartir sus puntos de vista con nosotros.

No permitamos que esas oportunidades de mejoramiento de nuestros vínculos se nos vuelvan lo que un adolescente llamaba “dialogazos”, aludiendo a cómo sentía cada uno de esos encuentros con su padre, con el propósito de  “dialogar”.

Con un pequeño esfuerzo de atención, simplemente, y cuidándonos de no caer en las distorsiones ya anotadas, podremos rescatar el verdadero diálogo y sus maravillosas consecuencias para el entendimiento que tanta falta nos hace hoy por hoy.


Diálogo con los lectores

El Buentrato debe abarcar todos los ámbitos de nuestra existencia, esto involucra obviamente a todos los seres humanos, incluyendo a nosotros los adultos (…).  Los parques se crean para los niños, pero no hay una cultura del respeto para con los adultos mayores.  Sara Aguilar.

Dejo el reclamo de doña Sara como testimonio y como invitación a todos para que no permitamos que lo que ella denuncia se vuelva una realidad injusta, como de hecho manifiesta que ya ocurre. Jorge Alba.

18
Oct
09

“¿Por qué mi hijo es así, si el ejemplo que le doy es tan distinto?”

Es un hecho incontrovertible que día a día es menor el tiempo que los padres y las madres pasan con sus hijos, y que día a día es menor la influencia de los padres y de las madres sobre sus hijos.  También, día a día es mayor la necesidad que los hijos tienen de sus padres.

Todas las ofertas educativas que los niños tienen hoy, lo mismo que todos los recursos para el uso de su tiempo libre, además de las ocupaciones de sus padres, producen un cambio muy significativo en la cantidad de tiempo que se comparte con los hijos.  En consecuencia, la influencia de los padres sobre sus niños también se reduce significativamente.

La educación la ejercen cada vez más agentes, y termina siendo el resultado de múltiples experiencias que difícilmente podemos valorar.  Educa la institución en la que estudian, los familiares con quienes se tienen que quedar frecuentemente, los compañeros de clase, los amigos, las personas que se encuentran en las academias o clubes o cursos de vacaciones, los padres de sus amigos cuando van a sus casas, las empleadas del servicio… mucha gente con la que los niños comparten, además de sus padres.

Cada vez  con mayor frecuencia los padres se hacen la pregunta del título que me transmite una lectora, y seguramente se seguirá haciendo más crítica esa situación con el paso del tiempo.  Pero esto no es una catástrofe.  Más bien, implica la posibilidad y la necesidad de que los padres y las madres presten más atención al tiempo que pueden pasar con sus hijos para que éste sea más productivo, mejor aprovechado, más sentido, más comprometido.

No se trata de “ponerse al día” en cada encuentro, y dedicarse a forzar las cosas para que quepan muchas en poco tiempo.  Deben seguir siendo encuentros naturales, espontáneos pero valiosos.  Que ustedes sientan que se viven de manera rica y entusiasta, que el afecto tiene un lugar destacado.

Recuerden que siempre su influencia, por poca que sea, es altamente significativa para sus hijos.  Y significativa quiere decir que puede ser muy edificante o muy perniciosa.  Depende de lo que ustedes elijan para compartir con ellos.

Los interminables discursos y las recomendaciones y las amenazas y todo ese tipo de comportamientos que los aburren o los asustan (cada vez menos) resultan una forma de calmar la conciencia, pero son muy poco eficaces.  Compartir con alegría, y generar momentos de disfrute y buena sintonía emocional, sí que terminan siendo experiencias inolvidables.

Tengan presente que todas las vivencias que sus hijos tengan con otras personas llevan como telón de fondo lo que han aprendido y experimentado en su casa, con ustedes.  Ese es el filtro con el que procesan toda nueva experiencia.  Si lo vivido con sus padres es positivo y valioso, hasta cuando ustedes no están con ellos, los siguen educando, porque miran las cosas con la perspectiva que han aprendido a su lado.

Así que no se preocupen ni se asusten.  Muy bueno que aprendan muchas cosas distintas a las que ustedes les han brindado.  Lo importante es que lo aprenden sobre los cimientos que ustedes han logrado construir desde su hogar.  Cimientos ojalá bien fuertes y sanos.


Diálogo con los lectores

Yo quiero acariciar a mi hijo, pero él ya no se deja.  Dice que tiene 10 años, y que no quiere que lo trate como a un bebé ¿está bien que reaccione de esa manera? Lucy T.

Parece que él percibe una discrepancia entre las caricias que usted le quiere hacer, y la edad que él tiene. Quizás usted lo quiere acariciar como a un bebé, como dice.  Las caricias no son para todas las horas, ni las mismas para todos los niños.  Es necesario que usted identifique cuál es el acercamiento físico que él permite hoy, que puede sentir que corresponde a su edad.  Eso no quiere decir que no le gusten las caricias.  Jorge Alba .




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