18
Oct
09

Perdonar no es muy fácil, aunque es imprescindible.

Una vez que nos hemos sentido ofendidos por alguien, y consideramos que tenemos razones justas para enjuiciar la acción que nos hizo daño, lo único que podemos hacer para sentirnos mejor, es perdonar, pero no resulta fácil.

Menos aún, olvidar, que es algo que muchos se proponen y casi nadie logra: de todas maneras hay que pasar por la estación del perdón.  Que nos ofrezcan disculpas, podría ayudar, pero no está en nuestras manos.

Vale la pena identificar la dificultad: ¿a quién hace daño que no perdonemos?  Es posible que afecte al ofensor por no recibe la “absolución”, pero también puede que no; no toda persona que ofende o daña se preocupa por lo que hizo.  A quien sin duda hace daño, sin excepción, es a quien no logra perdonar.  Lo quiera o no.  Suena paradójico, pero así es.

No perdonar significa conservar un malestar, tal vez alimentar un resentimiento, y mientras esto ocurre, el poder destructivo de ese malestar se va estableciendo en nuestro interior y nos va carcomiendo poco a poco, y de manera inexorable.

No perdonar es mantener una idea de vulnerabilidad propia, de asalto a la buena fe, de engaño, que nos vuelve víctimas del hecho acaecido.  Y sentirse víctima, progresivamente nos convierte en víctimas verdaderas, ya no de nuestro ocasional victimario, sino, peor aún, de nosotros mismos.

Hay personas que duran mucho tiempo quejándose del daño recibido, y mascullando día a día la sinrazón de la ofensa.  Creen que mientras su lógica les muestre que no fue justo el trato recibido, toda vez que se refieran al hecho, inculpan y atacan al agresor.  No es así.  Puede ser que el agresor ni se entere de esos pensamientos o de esos comentarios.  Todo lo pensado o dicho, en cambio, sí ahonda el pesar o la rabia o la amargura que acarrea sentirse víctima.

Otras personas creen que mientras no haya disculpas expresas, no se debe perdonar.  Es como si quien le hizo daño quedara en el interior del agredido con una cuenta pendiente, que mientras esté viva, algún día se podrá cobrar.  Tampoco esto es cierto.  A la larga, tanto veneno tan bien dispuesto para dañar a nuestro “enemigo”, no hace más que intoxicarnos poco a poco y sin remedio.

Perdonar, entonces, no es algo que se le concede a otro.  Antes que nada es la necesidad de sanar en nuestra propia vida el resentimiento y el posible ánimo de venganza.

Muchas veces perdonamos a la otra persona sin experimentarlo en nuestro interior.  Puede ser un acto de generosidad, pero no es el perdón que más importa.  Lo fundamental es hacer lo posible por no alimentarnos de esos sentimientos negativos, y buscar sanear en nuestra vida el malestar hacia los demás.

Cuando aprendemos a no tomar los actos de los demás como ofensas hacia nosotros, hemos avanzado enormemente en nuestro proceso de maduración como personas, y en nuestra vida de relación con el entorno. Mientras esto no ocurra, seguiremos haciéndonos daño y creyendo que el causante de nuestro mal es otra persona.

El perdón, entonces, se concede, y al vivirlo, sanamos nuestra herida, sanamos nuestra vida.  El rencor, que es lo que se instala en lugar del perdón, sólo nos daña más y más.

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