23
Nov
09

Las normas claras no son suficientes para educar a los hijos

Los padres de familia, los docentes y, en general, casi todos los adultos, creemos que “si las reglas de juego son claras, no hay razón para que los hijos no hagan las cosas bien, salvo que sean desobedientes”. Esto no solo no es cierto, sino que puede ser un gran error creer que las normas permiten arreglar la vida. Menos, si se trata de niños. Ellos responden más a las acciones, al contagio emocional, al ejemplo, al buentrato.

La palabra presupone una experiencia, un conocimiento adquirido, vivenciado.

¿Ha pensado usted qué significa para un niño, en términos experienciales, portarse bien? Haga el intento, y pregúnteles a unos cuantos niños qué quiere decir eso, y va a ver que las respuestas hablan también de cosas teóricas, pero que no tienen nada que ver con lo que ellos pueden hacer o tienen integrado como propio.

A las palabras se accede mucho antes que a todas las experiencias a que ellas aluden, lo que permite que los adultos creamos que no es más sino decir lo que se debe hacer y con eso alcanza. Así nos va en la vida con los hijos pequeños. Ellos saben que tienen que contestar que sí ante la ingenua pregunta: “¿me entiendes?”, pero eso no significa que lo vayan a hacer como lo ofrecen. Simplemente, son palabras.

De paso, más ingenuos los reclamos que dicen: “pero ¿cuántas veces te tengo que repetir que…?” o “quiero que me expliques por qué no me haces caso…”.

Nada más alejado del interés de los niños que no hacer caso. A ellos o a ellas lo que les interesa es pasar bueno, y eso no permite que puedan retener el significado de aquellas palabras que un adulto le dijo que debería tomar en cuenta para poder ganarse un futuro elogio. Eso es absurdo esperarlo.

Entonces depende de nosotros que no nos sigamos haciendo trampa y echándoles las culpas a los niños como si ellos no quisieran hacer las cosas que para nosotros son tan loables. Simplemente, hay que pensar que los lenguajes de los adultos y los de los niños son francamente diferentes.

Nosotros vivimos en las ideas, en las palabras, en la especulación, en el juicio. Ellos se mueven en el terreno de las acciones, de los juegos, de la diversión, del entretenimiento, y lo que nosotros les proponemos suele estar muy alejado de sus intereses, y más complicado aún, de su comprensión.

Recordemos que hasta casi los doce años (para los interesados: leer -¿releer?- a Piaget), los niños no han completado todas sus estructuras mentales como para poder operar de pleno como un adulto (inteligente). Así que no esperemos tanto de las palabras. Y recordemos que las normas se han construido y se seguirán construyendo siempre con palabras. Aquí entre nos: no podríamos decir que para todos los adultos las palabras son tan claras, tampoco… pero eso podría ser tema de otra reflexión como ésta.

JORGE ALBA PINILLA

Escuelas de Buentrato

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