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18
Oct
09

“¿Por qué mi hijo es así, si el ejemplo que le doy es tan distinto?”

Es un hecho incontrovertible que día a día es menor el tiempo que los padres y las madres pasan con sus hijos, y que día a día es menor la influencia de los padres y de las madres sobre sus hijos.  También, día a día es mayor la necesidad que los hijos tienen de sus padres.

Todas las ofertas educativas que los niños tienen hoy, lo mismo que todos los recursos para el uso de su tiempo libre, además de las ocupaciones de sus padres, producen un cambio muy significativo en la cantidad de tiempo que se comparte con los hijos.  En consecuencia, la influencia de los padres sobre sus niños también se reduce significativamente.

La educación la ejercen cada vez más agentes, y termina siendo el resultado de múltiples experiencias que difícilmente podemos valorar.  Educa la institución en la que estudian, los familiares con quienes se tienen que quedar frecuentemente, los compañeros de clase, los amigos, las personas que se encuentran en las academias o clubes o cursos de vacaciones, los padres de sus amigos cuando van a sus casas, las empleadas del servicio… mucha gente con la que los niños comparten, además de sus padres.

Cada vez  con mayor frecuencia los padres se hacen la pregunta del título que me transmite una lectora, y seguramente se seguirá haciendo más crítica esa situación con el paso del tiempo.  Pero esto no es una catástrofe.  Más bien, implica la posibilidad y la necesidad de que los padres y las madres presten más atención al tiempo que pueden pasar con sus hijos para que éste sea más productivo, mejor aprovechado, más sentido, más comprometido.

No se trata de “ponerse al día” en cada encuentro, y dedicarse a forzar las cosas para que quepan muchas en poco tiempo.  Deben seguir siendo encuentros naturales, espontáneos pero valiosos.  Que ustedes sientan que se viven de manera rica y entusiasta, que el afecto tiene un lugar destacado.

Recuerden que siempre su influencia, por poca que sea, es altamente significativa para sus hijos.  Y significativa quiere decir que puede ser muy edificante o muy perniciosa.  Depende de lo que ustedes elijan para compartir con ellos.

Los interminables discursos y las recomendaciones y las amenazas y todo ese tipo de comportamientos que los aburren o los asustan (cada vez menos) resultan una forma de calmar la conciencia, pero son muy poco eficaces.  Compartir con alegría, y generar momentos de disfrute y buena sintonía emocional, sí que terminan siendo experiencias inolvidables.

Tengan presente que todas las vivencias que sus hijos tengan con otras personas llevan como telón de fondo lo que han aprendido y experimentado en su casa, con ustedes.  Ese es el filtro con el que procesan toda nueva experiencia.  Si lo vivido con sus padres es positivo y valioso, hasta cuando ustedes no están con ellos, los siguen educando, porque miran las cosas con la perspectiva que han aprendido a su lado.

Así que no se preocupen ni se asusten.  Muy bueno que aprendan muchas cosas distintas a las que ustedes les han brindado.  Lo importante es que lo aprenden sobre los cimientos que ustedes han logrado construir desde su hogar.  Cimientos ojalá bien fuertes y sanos.


Diálogo con los lectores

Yo quiero acariciar a mi hijo, pero él ya no se deja.  Dice que tiene 10 años, y que no quiere que lo trate como a un bebé ¿está bien que reaccione de esa manera? Lucy T.

Parece que él percibe una discrepancia entre las caricias que usted le quiere hacer, y la edad que él tiene. Quizás usted lo quiere acariciar como a un bebé, como dice.  Las caricias no son para todas las horas, ni las mismas para todos los niños.  Es necesario que usted identifique cuál es el acercamiento físico que él permite hoy, que puede sentir que corresponde a su edad.  Eso no quiere decir que no le gusten las caricias.  Jorge Alba .

18
Oct
09

¿Preocupa la educación para la autonomía de las niñas, de los niños y de los jóvenes?

Parece que sí, que cada vez más personas, docentes y padres de familia entre ellos, están muy preocupados, y hasta asustados, con la autonomía que pretenden los chicos, y que, en cierta medida, parece cobijarse con acciones como la de tutela.

Se sabe que muchos niños ahora invocan esa norma, lo mismo que la posibilidad de quejarse ante una comisaría de familia o, aunque sea, ante el rector del colegio para solicitar la defensa de sus derechos.  ¿A dónde vamos a parar?… se preguntan algunos adultos del grupo de los asustados.

Entendamos primero qué es la autonomía.  Muchas personas piensan que no es más que la pérdida del sentido de la obediencia.  Crasa equivocación.  Si bien es cierto que los sujetos autónomos no se interesan mucho por la obediencia, la autonomía, lejos de ser una forma de desobediencia, es más bien la manera de hacer las cosas con criterio propio y respeto por las concepciones ajenas.

No es, entonces, el campo de la arbitrariedad, del desmán, del desafío arrogante.  Es la modalidad personal, auténtica y sensata de actuar.  Claro que la sensatez de unos puede diferenciarse de la sensatez de otros, con lo cual ya establecemos otro punto de vista importante: no hay una sola sensatez, un solo criterio válido.

Digamos algo en beneficio de los preocupados y asustados antes referidos: tienden a creer que hay una sola verdad, una sola forma correcta de actuar y, por supuesto, esa es la propia.  De ahí que cuando ven que otros defienden un criterio diferente se alarmen.  Cualquiera lo haría si fuera cierto que hay una sola manera de hacer las cosas bien.

Todos nos incomodamos, por decir lo menos, cuando alguien nos dice una palabra “insultante”.  Pero ¿por qué es insultante? ¿Porque así la tomo o porque así es? ¿Las palabras pueden ser insultantes por sí mismas?  Es posible que haya algunas que sí, pero aún esas, depende de cómo, cuándo, por quién… se digan.  No es lo mismo una palabra insultante dicha por un niño de cinco años que por un joven de trece o por una persona mayor…  Cada circunstancia tiene sus características, y el asunto no es andar ofendiéndose por lo que me parece ofensivo, sino encontrarse con el otro para entender desde dónde, y a partir de qué dice lo que dice.

La autonomía, que puede resultar irrespetuosa para alguien, opera igual.  Si uno se ofende sin importar quién diga las cosas o a partir de qué o en qué circunstancias, de seguro que vamos a ofendernos muchas más veces de las que de manera genuina pudiéramos hacerlo.

Casi siempre, cuando hay una ofensa, hay más una susceptibilidad herida que una intención de herirla.  Y aún así, si hablamos de educación, de lo que se trata no es de ofenderse sino de ver cómo lograr que la comunicación entre unos y otros no incluya las palabras hirientes, descalificadoras o dañinas que se puedan usar, sino más bien, de tratar de hacerse entender y de tratar de entender a los demás.

La autonomía no es una mala actitud.  Todo lo contrario: es lo que necesitan los chicos para moverse en este mundo con razones propias para tratar de cambiarlo por uno mejor.  Claro que aprender a usarla implica tropiezos, y nosotros podemos ubicarnos en dos lugares diferentes frente a este nuevo aprendizaje: del lado de quienes sin asustarse tratan de enseñar a usarla bien, o del lado de quienes se ofenden, se asustan y frenan su desarrollo, contribuyendo a que nada ni nadie cambie; a que todo siga igual.

18
Oct
09

Pronombres “antipersonales”.

Si usted dice “me gusta”, “me duele” entendemos claramente que está valorando una experiencia propia. Si dice “alguien me llama”, “mi hermano me escucha”, entendemos que se refiere a lo que otro hace en relación con usted.

¿Qué entendemos cuando alguien dice “mi hija no me come”, “mi niño me va a perder el año”, “la bebé me hizo fiebre”, “mi esposo me está llegando muy tarde”?  Entendemos que la hija come para la mamá, que el niño cursa el año para el padre, que la bebé hizo fiebre para la mamá, que el esposo se tarda ‘contra’ la señora. No comen o cursan un año o se enferman o llegan tarde por ellos mismos, sino en función de otros.

Estas formas de trato son usadas por personas que no diferencian su propia identidad de la del otro, en especial si son sus hijos, alumnos u otras personas relacionadas. Las ven como apéndices suyos. Más delicado aún, así las educan: dependientes y sumisas si aceptan ese molde; rebeldes y agresivas, si no.

Desde luego, a la luz de las intenciones de cualquier padre o profesor, no es esto lo que se pretende. Siempre las mejores intenciones subyacen a sus actos, pero con este “me”, los resultados son inevitablemente negativos.

No solo el niño siente que sus actos afectan de manera esencial a ese adulto; sus logros y sus fracasos tampoco los puede asumir como propios. Siempre, en función de la aceptación o el enojo de esa persona para quien hace todo.

Adquirir autonomía y responsabilidad auténticas es difícil para quien sea tratado así.

El adulto también sufre o goza en falso. Todo lo que su niño hace mal es una herida, y lo que hace bien no es un logro de quien está creciendo, sino una gratificación propia.

Empezar a resolver esta dificultad es muy fácil:

Trate a sus hijos desde bebés como sujetos independientes. Reconozca los logros y los errores de ellos como lo que son: de ellos.

Cuando a su hijo le diga “estás comiendo poco”, en lugar de “me estás comiendo poco”, usted notará una diferencia entre los dos. Verá que su hijo le da satisfacciones, aunque también, dolores de cabeza, pero él será él tratando de aprender a vivir, mientras usted vive su propia vida.

En suma, el “me”, así usado, es un ‘pronombre antipersonal’ del que debemos cuidarnos.

18
Oct
09

Reconciliarse puede ser el final de un duro camino.

No hay garantía de que se logre, pero en todo caso, la reconciliación no tiene que ser el primer paso después de una separación o de una pelea; debería ser, más bien, el último.  Si se la emprende sin haber decantado los dolores y los resentimientos, seguramente no durará mucho.

Después de haber pasado por una situación crítica en la que se pudieron cruzar agravios, descalificaciones, ofensas y demás malos tratos, la reconciliación llega como un anhelado bálsamo, y se puede asumir así, sin más ni más.  Pocas cosas tan hermosas como pasar de la discordia o la indiferencia al reencuentro.

Se corre, no obstante, el riesgo de tapar y negar las emociones negativas que hasta muy poco tiempo atrás aún hacían hervir la sangre.  Esto es frecuente y muy dañino.  Todo lo que se guarda sin digerirse después se atraganta y sirve de base para un nuevo distanciamiento en el momento menos esperado.

No se trata de quedarse rumiando amargamente lo ocurrido; de esa forma seguro que no se llega al buen camino.  Más bien es cuestión de mirar sin apasionamiento los episodios que dieron lugar al enojo, y tratar de encontrar las razones que pudieron llevarlo a cada uno a actuar de manera inadecuada.

Sin pasión, sin recelo, con el corazón y la cabeza orientados al propósito de encontrar otras formas de actuar o responder a los comportamientos del otro.  Recuerde que es muy difícil que siempre el otro tenga la responsabilidad.  Con certeza usted puso una buena dosis de algo negativo para que todo explotara.  Mírese sin lastimarse, y mire lo que la otra persona hizo, sin juzgarla ni otorgarle malas intenciones.

Ahora limpie el terreno tomándose un tiempo para verse a sí mismo como capaz de actuar mejor, y empiece a buscar en usted la confianza que necesita sentir hacia la otra persona.  En otras palabras, busque honestamente la forma de perdonarla.  No desde una posición arrogante o displicente, sino a partir de una actitud serena y convencida de su capacidad de entender y acompañar a esa persona que es para usted tan importante, en el camino hacia la reconciliación.

Reconciliarse es, antes que nada, una vivencia para sentir y para creer íntimamente, de tal modo que cuando se ponga en juego ya tenga buenos cimientos en usted.  De ahí en más, todo será más fácil, porque tendrá fuerzas y convicción suficientes para aguantar los embates con que el dolor y la ofensa cercanos tratarán de desequilibrar el nuevo intento de unión.

Digamos que no es un logro inmediato ni sencillo, pero conociendo el camino, y si tiene presente que las reconciliaciones no se generan exigiendo cambios al otro, sino ofreciendo actitudes abiertas y honestas orientadas al cambio, va a lograr resultados satisfactorios para la situación de hoy y para su vida toda, porque no habrá sido la primera vez, y con toda seguridad, no será la última en que ha perdido por unos días la armonía con esa persona que tanto quiere.

Reconciliarse con el otro puede ser fácil o difícil.  Depende mucho de qué tanto se reconcilie con usted mismo y con la vida, antes que nada.

Los demás, a quienes usted ama o estima, lo verá muy pronto, no son un problema, sino un buen puente para aprender a vivir mejor.


Diálogo con los lectores

No puedo creer que no quiera volver conmigo después de todo lo que he hecho por ella durante tanto tiempo. R.  Quintana

Lo que uno hace por otro puede ser devuelto con gratitud, pero no necesariamente con amor.  Los sentimientos pueden tomar en cuenta la justicia, pero no dependen de ella.  Sentir algo por otra persona no siempre tiene explicación.  Ser generosos, ayuda, pero hacer sentir amor depende más de su alegría, de su entrega, de la celebración de los logros de ella, de que se sienta valiosa al lado suyo… y de tantas y tantas cosas más. Jorge Alba.

18
Oct
09

Regale lo que quiera sin enloquecer

Pocas experiencias tan gratificantes y amorosas como las de regalar y de recibir regalos, con su carga de expectativa y de sorpresa, de encanto y de fascinación… a no ser que se trate de la cada vez más espantosa maratón de compras y regalos para la Nochebuena.  Qué dolor de cabeza.

Lo que debiera mantenerse como un hermoso tiempo de magia y de encuentro ha llegado a convertirse para muchos en una tortura sin igual.

Y todo, porque todos, sin excepción, nos sentimos obligados a regalar, y ¿qué gratificación puede surgir de dos cosas tan contradictorias como querer regalar y sentirse obligado a hacerlo, y por si fuera poco, al tiempo con todo el mundo?

Como decía, es una maratón, pero además una suerte de insensatez colectiva y costosa.

No todo queda ahí, sin embargo.  Hay que decidir si a los niños se les compra ropa como para “matar dos pájaros de un solo tiro”, aunque ya sabemos que van a protestar un poco, o los tiernos juguetes tradicionales que a ustedes como padres les gustan tanto, pero que a los niños y a las niñas no los motivan ni poquito, o el último de moda, electrónico, sofisticado y costosísimo que les permitirá a ellos quedar muy “in” con los amiguitos, aunque corriendo el riesgo de que les parezca horrible porque van a comparar con los de los otros que siempre pueden ser más modernos y más sofisticados, aunque (y en eso qué niño piensa) muchísimo más costosos.

En fin, que regalar para estas épocas se ha convertido en un oscuro y peligroso laberinto, y eso sin entrar en detalles sobre lo riesgoso que puede resultar para la estabilidad emocional la obligación de regalar a tías y tíos, cuñados y concuñados, primos, compañeros de trabajo y sus respectivos hijos, por ejemplo, que también pueden estar en la lista.

Volvamos a los niños, entonces.  Qué bueno fuera que no se perdiera el espíritu original de estas celebraciones y que, aun manteniendo la importancia y el disfrute de regalar y de ser regalado, no se abandonara la dosis de encanto y de encuentro que para creyentes o no, tienen estos festejos.  Que sigan siendo eso, festejos, y oportunidades de sorprender, de halagar, de demostrar afecto, de compartir al calor del reconocimiento del valor de todos y de cada uno.

Hay modos colectivos que no podemos evitar aunque quizás nos molesten, pero siempre existe la posibilidad de crear con nuestros hijos, grandes o pequeños, lo mismo que con los otros seres queridos, un ambiente especial y propio, sin dejar pasar la oportunidad para resaltar el valor que para nosotros tienen.

Esto es lo que después se vuelve inolvidable: el modo; la particular forma de celebrar que también a nosotros nos hace sentir que esta es una época mágica, aunque pareciera que cada vez menos… pero depende de nosotros.

18
Oct
09

Se cree que los padres inciden cada vez menos en la educación de sus hijos.

Y todo hace pensar que es cierto.  El Internet, la televisión, los juegos electrónicos, las actividades fuera del hogar, hasta el colegio, sumados al tiempo cada vez más comprometido de los padres en el trabajo y otras ocupaciones, hacen que los niños compartan menos con ellos, y frecuentemente, ese poco tiempo, de forma no del todo adecuada.

Hoy por hoy muchos padres y madres buscan, por eso, soluciones más o menos mágicas que les devuelvan el “control” que creían tener antes sobre sus hijos.

¿Cuál es la nueva realidad, entonces?  En términos generales, sí se dispone de menos tiempo; sí incide esta disminución en la calidad educativa que debieran garantizar los padres; sí hay otros agentes actuando sobre los hijos; sí tienen los hijos distracciones que los alejan mucho de los padres.  Lo que no vale es seguir buscando soluciones mágicas.

El aporte educativo de los padres es esencial.  De hecho, irreemplazable.  Y esto plantea una gran dificultad: ¿si no hay tiempo, qué hacer?  Se dice que, como alternativa, habría que intentar un tiempo compartido de mejor calidad.  Suena bien.  De hecho, valdría la pena que así fuera, pero, hay que decirlo, no es muy fácil de lograr.

Se suele presentar una situación de difícil manejo.  La persona que asume que le dedica poco tiempo a sus hijos, tiende a experimentar culpa por ese hecho, y la culpa lleva a que la calidad se resienta, porque en lugar de dar lo adecuado de la manera adecuada, se termina dando por demás, en forma muy “generosa y tolerante” para compensar la falta.  Cuando las cosas se dan así, resulta peor el remedio que la enfermedad.

Además, como se acaba de decir, se nota que predomina el verbo “dar”, que es lo que permite resarcir la falta, que el verbo “compartir”, que es el que realmente educa.

Lo dicho: los niños y las niñas necesitan la calidad afectiva que solo dan el padre y la madre.  Otras formas de afecto son importantes también, pero no reemplazan la vivencia que se tiene con los propios padres.

Enfrentados a la paradoja de querer educar en la mejor forma pero sin tiempo para hacerlo, sí es importante que procure la mejor calidad humana en las personas que vayan a acompañar a sus hijos; sí es importante que les facilite las mejores actividades y los mejores instrumentos para cumplirlas; sí es importante que elija el mejor colegio posible; pero sigue siendo fundamental que la calidad de los encuentros suyos con ellos sean auténticas formas de compartir, que sus apariciones a distancia sean para hacer “presencia” de la mejor forma, y no modalidades de “control y monitoreo”.

Que lo “poco” sea “mucho”, en cuanto esté a su alcance, pero eso sí, sin culpas ni remordimientos.  Asumiendo la realidad que se vive.

Una recomendación final.  Fíjese a ver si ese tiempo que dedica a trabajar o a cumplir con otras ocupaciones es tan importante como ahora lo considera.  Mire a ver si vale la pena que el vínculo con sus hijos se resienta de la forma en que ahora ocurre, y tome las decisiones más sabias que pueda, poniendo en la balanza las cosas que más le importen para tratar de hacer lo mejor para hoy, mañana y pasado.  Si solo piensa en hoy, puede que le parezca que es mejor sacrificar lo que le importa a cambio de obtener lo que necesita.  Muchas veces pensamos así, y después nos arrepentimos.

Con serenidad, sin culpables, con amor, para hacer lo mejor para todos.  Reflexione y decida.  Es muy importante.  Diría que urgente.

18
Oct
09

Sentimientos y emociones son los ejes fundamentales de la educación.

Los buenos educadores son aquellos que mejor comprenden el mundo afectivo de niñas, niños y jóvenes, sea cual sea el rol a partir del cual educan.  Padres, madres, docentes, cuidadores u otros, mientras no identifiquen adecuadamente la vida afectiva de estas personas a quienes pretenden educar, y no manejen también, su propia vida emocional, difícilmente obtendrán los mejores logros en su tarea.

Por supuesto que no son menos importantes las actividades académicas, pero toda acción educativa, antes que nada es una acción humana y debe tener presente lo que causa emocionalmente en los involucrados.

El origen de las vocaciones, por nombrar un ejemplo, tempranas o tardías, siempre está vinculado a la calidad de la interacción humana entre quien “contagia” y quien “descubre” su destino.  De igual manera, las falsas vocaciones, las materias odiadas, las disciplinas sobre las que mucha gente se siente al margen y sin interés alguno, todas estas vivencias nacen de vínculos tortuosos o dañinos o de desinterés, creados por adultos no conscientes de la importancia del estado emocional que provocan en sus pupilos mientras se cumple el proceso educativo.

Creo que resulta claro que cuidar el estado emocional de niñas, niños y jóvenes no significa crear ambientes empalagosos o andar mimando y diciendo palabras dulces a todo momento.  Se trata más bien de conocerlos y de aprender a identificar sus manifestaciones de tranquilidad, de alegría, de entusiasmo, de serenidad, tanto como las de preocupación, de tristeza, de agobio o de desinterés.  Cuidar para que predominen unas más que las otras, es tan importante como saber atender de la mejor manera los momentos difíciles que vivan nuestros estudiantes o hijos.

No existen claves universalmente aplicables, de tal manera que aprendiéndolas ya estemos listos para el encuentro.  Con cada persona hay que descubrirlas y aplicarlas.  Lo que sí es cierto es que con el paso del tiempo se nos hacen más evidentes y manejables.  Esta es la sabiduría de la creación de buenas relaciones y de buenos vínculos.

Eso sí, es necesario tener interés en que esto se produzca.  Y lo manifiesto porque en la cultura de nuestro país se vive de manera muy generalizada, más bien, la confrontación y el reproche.  Parece que pensáramos que siempre tenemos la razón y que los demás lo único que deben hacer es seguirla al pie de la letra y listo. Estamos muy equivocados.

Ya hemos visto en otros momentos que no hay verdades absolutas en términos de lo que ocurre entre las personas y sus intentos de compartir o convivir o educar o lo que sea que hagan unos con otros.  Por esta razón, doblemente equivocados nos encontramos cuando queremos imponer nuestro punto de vista: porque no tenemos la razón aunque así lo creamos, y porque imponerla violenta a los demás, y más aún si de personas jóvenes se trata.  Mientras más jóvenes más frágiles y susceptibles de salir más afectadas con estas inadecuadas formas de trato.

Entonces, no es melosería, como tantas personas entienden, y con razón rechazan, lo que se propone y se sabe útil.  Es más respetar al otro a partir de conocerlo mejor y de considerar sus formas propias de experimentar y de actuar.

Desde luego, y para nada menos importante, tomarnos en cuenta a nosotros mismos en relación con lo que sentimos y experimentamos con cada una de las personas que tratamos.  No para buscar la razón, sino para encontrar la forma de entendernos mejor.  Es un cambio de actitud, pero tan valioso que podríamos tener un país distinto si así fuera.  Está abierta la invitación.


Diálogo con los lectores

No quiero llevar el asunto a la justicia, pero ¿con qué derecho me impide ver a mis hijos?  Roberto

Si su comportamiento como padre es correcto, no hay razones para que le impidan ver a sus hijos.  Vale la pena intentar un acuerdo razonable y “a fondo” con su esposa, para que sus hijos no sufran las consecuencias de sus discrepancias.  Finalmente, si fuera necesario, acudir a la justicia también es un recurso válido, si están realmente agotados los demás. Jorge Alba




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