«Modo de construir vínculos sanos»

En Buentrato se diferencian los vínculos de las relaciones.

Los vínculos aluden a toda forma de interacción

en la que entren en juego los afectos.

 

Las relaciones, por ser más instrumentales, circunstanciales, o establecidas por algún interés puntual, si bien requieren cordialidad y respeto, no demandan en su implementación un compromiso tan alto como el de los vínculos.

 

¿Para este año, otra vez promesas de cambio?

Y otra vez la misma frustración de todos los años, porque cambiar externamente es más bien fácil, pero no dura mucho.  Cambiar de actitud es más complicado y ofrece mejores resultados.

En estas fechas es mucha la gente que dice que ya no fumará más o que comerá menos o que dejará definitivamente el trago o que ahora sí cortará esa relación que tanto daño le hace o…

Pasados solo unos pocos días empiezan los remiendos para estos propósitos que no se han podido cumplir: “el año apenas empieza… de la próxima semana no pasa”, y se va perdiendo el entusiasmo, mientras llueven las recriminaciones de quienes nos escucharon prometer y prometer, como otros años.

No somos tan carentes de la famosa “fuerza de voluntad” que todo mundo invoca. Más bien, no sabemos cómo enfocar el asunto.  Cambiar no quiere decir bajar diez o veinte kilos de peso en determinado lapso.  Lo que sí hace falta es una nueva actitud frente a la comida o la bebida alcohólica o al amor imposible o a lo que sea que queramos cambiar.  Y una nueva actitud es algo bien diferente a un intento de logro.  Implica una nueva visión de la vida.  Algo esencial que hay que empezar a mirar de una nueva manera.

Sigamos con el bajar de peso.  Desde luego que es importante, y cuanto más rápido se logre, mejor; pero una dieta generalmente lo que implica es un gran esfuerzo.  Los resultados son buenos… hasta que dejan de serlo.  Quiero decir que llega el momento en que se ha bajado de manera significativa, pero ya no tanto o ya no más.  Ahí es cuando empiezan a complicarse las cosas.  Ese es el momento crucial del cambio, la hora de la verdad.  Lo anterior se sostenía con el impulso, pero en este nuevo punto es cuando el cambio actitudinal resulta clave.

Cambiar de actitud es plantearse una visión previa de lo que se desea, es anticiparse a los hechos a partir de lo que parece mejor para la vida, y empezar a buscar todas las circunstancias y los modos de llevarlo exitosamente al campo de los hechos.  Pero además, se descubre que comer sanamente, por ejemplo, no es tan difícil, y que puede ir acompañado de algo de ejercicio, de algún cambio en las formas de divertirse, de nuevos hábitos de sueño, de otra clase de lecturas, de otro tipo de restaurantes, de otro estilo de bocados o de tantas cosas más.  Porque una actitud es un cambio en la forma de ver y de vivir la vida.  Un cambio de peso sin un cambio de actitud no es más que un episodio que podrá producir un buen resultado, pero como no está sostenido por una nueva relación con la vida, tiende a desaparecer dejando mucho dolor y pesar.

Ayúdese para este cambio compartiendo también con personas que tienen actitudes similares a la que desea lograr.  Es un apoyo muy grande y beneficioso.  Los esfuerzos en solitario resultan desgastantes y difíciles de sostener.

Este nuevo año puede ser el del cambio en los intentos de cambio, si es que de verdad quiere cambiar.

Padres que se apropian de los problemas de sus hijos.

Un hijo tiene una situación para resolver.  ¿Usted le ofrece apoyo, le ayuda o sencillamente se la resuelve?  No pocos padres y madres optan por esta última posibilidad.  Muy pocos lo reconocen.  Muchísimos creen que es lo que deben hacer.

Esto de ser padres o madres a veces nos confunde.  Pensamos que a nuestros hijos les tiene que ir bien en todo, y que estamos nosotros para garantizarlo.

¿Es usted de los que revisan los cuadernos de su «bebé», tarde en la noche, y se acuestan más tarde aún, después de haberle borrado todo lo que había hecho mal y dejarlo impecable (el angelito, mientras tanto, duerme plácidamente, y al día siguiente «saca» buena nota)?

¿Madruga a preparar la fruta de «la nena» porque está pasada de peso y se lamenta todo el día de no bajar, y cuando regresa cansada en la noche (usted) encuentra que ella se comió todo el pan que usted había escondido, y que la fruta aún está servida?

¿Recorre las papelerías de la ciudad a medianoche, una o dos veces por semana,  porque su niño recordó al momento de acostarse que no había comprado la cartulina para la cartelera que le pidieron ocho días atrás?  Además ¿trasnochó haciendo la bendita cartelera?

Si sus respuestas a estas preguntas (o a otras parecidas) son afirmativas, usted es de los que creen que su hijo o su hija deben tener éxito en la vida, aunque no tengan ni idea sobre cómo lograrlo.  Lo siento mucho por usted… y por él o ella, por supuesto.
Una recomendación: no se queje cuando le vaya mal a su «bebé», porque, desde luego, le hará la pataleta del siglo porque usted no le hizo la tarea o la comida de dieta o le preguntaron algo que usted no le enseñó o… simplemente, usted no estaba ahí para resolverle el problema que fuera.

Esa pataleta, que muy seguramente será ofensiva, es de las cosas que nos tenemos bien ganadas por inocentes o por ingenuos o… por tontos.  Da igual, me parece.

Por supuesto, no se trata de dejarlos solos en medio del desierto para que aprendan cómo es de dura la vida, pero sin lugar a dudas son muchos los padres y las madres que se pasan de la raya en eso de solidarizarse con los hijos.  ¿Y lo que logran?  Hacer creer a los demás que sus hijos son unos genios, en unos casos, o amargarse porque ellos no se toman como propias las dificultades que usted ha asumido, esperando que llegue el día en que descubran (¿cómo?) que sus problemas (los que usted adoptó), en realidad son de ellos mismos.

Mientras los hijos no conozcan y aprendan a manejar la realidad que tienen en frente, aprenderán poco de responsabilidad, de esfuerzo, de compromiso, de manejo del tiempo, de cumplimiento de metas, de puntualidad… en fin, de tantas cosas de esas que vemos en mucha gente en las oficinas o en los almacenes o en el servicio público, en general, podremos seguir pensando, sin mucho riesgo de equivocación, que esas personas tuvieron padres y madres como estos que hoy criticamos.

De ninguna manera es malo que los niños aprendan a identificar dificultades y la manera de resolverlas.  Pero basta un poquito de ayuda, nada más.  Tienen que reconocer qué las produce, cómo se manejan, cómo se actúa frente a ellas.  También, descubrir que no todos los días son iguales y que a veces hay que acostarse más tarde o leer un poco más o hacer algún esfuerzo importante para tener el gusto de cumplir.

Cuántos de nosotros sentimos más bien lo contrario: ¿que cumplir, que llegar a tiempo, que responsabilizarse, que esforzarse, que comprometerse es «una mamera»?  Eso lo aprendimos muy tempranamente por tener padres tan «buenos» que no nos dejaron aprender esto de vivir la vida como es, y nos metieron en un cuento que nos tiene amargados con todo el mundo, esperando que los demás no dejen de cumplir con su sagrada misión de hacernos todo más amable… y falso.

Las normas claras no son suficientes para educar a los niños

 

Los padres de familia, los docentes y, en general, casi todos los adultos, creemos que “si las reglas de juego son claras, no hay razón para que los niños no hagan las cosas bien, salvo que sean desobedientes”. Esto no solo no es cierto, sino que puede ser un gran error creer que las normas permiten arreglar la vida. Menos, si se trata de niños. Ellos responden más a las acciones, al contagio emocional, al ejemplo, al buentrato.

La palabra presupone una experiencia, un conocimiento adquirido, vivenciado.  No deja de ser una suposición.  La realidad. sobre todo hablando de niños y jóvenes, suele ser muy distinta.

¿Ha pensado usted qué significa para un niño, en términos experienciales, portarse bien? Haga el intento, y pregúnteles a unos cuantos niños qué quiere decir eso, y va a ver que las respuestas hablan también de cosas teóricas, pero que no tienen nada que ver con lo que ellos pueden hacer o tienen integrado como propio.

A las palabras se accede mucho antes que a todas las experiencias a que ellas aluden, lo que permite que los adultos creamos que no es más sino decir lo que se debe hacer y con eso alcanza. Así nos va en la vida con los hijos pequeños. Ellos saben que tienen que contestar que sí ante la ingenua pregunta: “¿me entiendes?”, pero eso no significa que lo vayan a hacer como lo ofrecen. Simplemente, son palabras.

De paso, más ingenuos los reclamos que dicen: “pero ¿cuántas veces te tengo que repetir que…?” o “quiero que me expliques por qué no me haces caso…”.

Nada más alejado del interés de los niños que no hacer caso.  Pero a ellos o a ellas lo que les interesa es pasar bien, y eso no permite que puedan retener el significado de aquellas palabras que un adulto les dijo que deberían tomar en cuenta para poder ganarse un futuro elogio. Eso es absurdo esperarlo.

Entonces depende de nosotros que no nos sigamos haciendo trampa y echándoles las culpas a los niños como si ellos no quisieran hacer las cosas que para nosotros son tan loables. Simplemente, hay que pensar que los lenguajes de los adultos y los de los niños son francamente diferentes.

Nosotros vivimos en las ideas, en las palabras, en la especulación, en el juicio. Ellos se mueven en el terreno de las acciones, de los juegos, de la diversión, del entretenimiento, y lo que nosotros les proponemos suele estar muy alejado de sus intereses, y más complicado aún, de su comprensión.

Recordemos que hasta casi los doce años (para los interesados: leer -¿releer?- a Piaget), los niños no han completado todas sus estructuras mentales como para poder operar de pleno como un adulto (inteligente). Así que no esperemos tanto de las palabras. Y recordemos que las normas se han construido y se seguirán construyendo siempre con palabras.

Aquí entre nos: no podríamos decir que para todos los adultos las palabras son tan claras, tampoco…

Clave esencial para una actitud bientratante: aprender a preguntar

 

El Buentrato implica una actitud positiva, constructiva y abierta hacia el encuentro con las demás personas.

Se busca, de esa manera, la mayor y mejor conexión, de la que deberían quedar excluidos los juicios, las actitudes de censura, las opiniones negativas y hasta las opiniones que contradigan los criterios del otro sujeto.

Para intentar lograrlo, existe un recurso muy valioso: aprender a preguntar.

Si la pregunta que se formula busca mayor claridad sobre lo que la otra persona nos ha compartido, lograremos ayudarle a abundar, a explicar, a definir de manera más precisa lo que nos desea comunicar.

Este paso resulta fundamental.  No obstante, es muy probable que una vez lograda la mayor claridad no hayamos logrado un acuerdo sobre lo expresado, y confirmemos, por ejemplo, que sus criterios y los míos no son semejantes o ni siquiera cercanos. Esto nos ocurre muy frecuentemente. Pero si hemos evitado la calificación (que suele ser sinónimo de descalificación) de sus criterios, ya hemos dado un gran paso hacia el encuentro, aunque permanezca la diferencia de criterios que pueda existir.

Mucho más de lo que podríamos advertir o quisiéramos reconocer, existe una actitud natural en la búsqueda de acuerdos, de coincidencias con las demás personas.  De hecho, se experimenta gran satisfacción cuando esto ocurre.  Pero, de preferencia, cuando esas coincidencias se descubren como espontáneas.  Somos iguales, somos «de los mismos».

Pero bien diferente es la impresión cuando notamos diferencias de criterios con nuestro interlocutor.  En esas situaciones se experimenta un variable nivel de desagrado, que puede llevar hasta al desinterés o el rechazo franco por sus criterios, por sus palabras, por sus ideas.  Fácilmente puede cortarse la conversación o asumir que no hay posibilidades ni méritos para seguir el intercambio con esa persona.

Lo increíble es que la mayoría de las veces, cuando se acepta el reto de tratar de entenderse con la persona que percibimos como diferente a nosotros, no solo podemos llegar a comprenderlas, sino que descubrimos que al mantener el diálogo -una o más veces- tratando de no juzgar sus criterios, sino de entenderlos, es mucho más enriquecedor para nosotros mismos.

Las preguntas que formulemos con ese propósito de abrirnos a la persona con la que encontramos que hay diferencias, nos dan la sorpresa de descubrir, muy frecuentemente, no solo que no estamos tan distantes, sino, aún más, que su visión discrepante con la nuestra está muchísimo más cerca de enriquecernos que de limitarnos.

Perdonar no es muy fácil, aunque es imprescindible.

Una vez que nos hemos sentido ofendidos por alguien, y consideramos que tenemos razones justas para enjuiciar la acción que nos hizo daño, lo único que podemos hacer para sentirnos mejor, es perdonar, pero no resulta fácil.

Menos aún, olvidar, que es algo que muchos se proponen y casi nadie logra: de todas maneras hay que pasar por la estación del perdón.  Que nos ofrezcan disculpas, podría ayudar, pero no está en nuestras manos.

Vale la pena identificar la dificultad: ¿a quién hace daño que no perdonemos?  Es posible que afecte al ofensor por no recibe la “absolución”, pero también puede que no; no toda persona que ofende o daña se preocupa por lo que hizo.  A quien sin duda hace daño, sin excepción, es a quien no logra perdonar.  Lo quiera o no.  Suena paradójico, pero así es.

No perdonar significa conservar un malestar, tal vez alimentar un resentimiento, y mientras esto ocurre, el poder destructivo de ese malestar se va estableciendo en nuestro interior y nos va carcomiendo poco a poco, y de manera inexorable.

No perdonar es mantener una idea de vulnerabilidad propia, de asalto a la buena fe, de engaño, que nos vuelve víctimas del hecho acaecido.  Y sentirse víctima, progresivamente nos convierte en víctimas verdaderas, ya no de nuestro ocasional victimario, sino, peor aún, de nosotros mismos.

Hay personas que duran mucho tiempo quejándose del daño recibido, y mascullando día a día la sinrazón de la ofensa.  Creen que mientras su lógica les muestre que no fue justo el trato recibido, toda vez que se refieran al hecho, inculpan y atacan al agresor.  No es así.  Puede ser que el agresor ni se entere de esos pensamientos o de esos comentarios.  Todo lo pensado o dicho, en cambio, sí ahonda el pesar o la rabia o la amargura que acarrea sentirse víctima.

Otras personas creen que mientras no haya disculpas expresas, no se debe perdonar.  Es como si quien le hizo daño quedara en el interior del agredido con una cuenta pendiente, que mientras esté viva, algún día se podrá cobrar.  Tampoco esto es cierto.  A la larga, tanto veneno tan bien dispuesto para dañar a nuestro “enemigo”, no hace más que intoxicarnos poco a poco y sin remedio.

Perdonar, entonces, no es algo que se le concede a otro.  Antes que nada es la necesidad de sanar en nuestra propia vida el resentimiento y el posible ánimo de venganza.

Muchas veces perdonamos a la otra persona sin experimentarlo en nuestro interior.  Puede ser un acto de generosidad, pero no es el perdón que más importa.  Lo fundamental es hacer lo posible por no alimentarnos de esos sentimientos negativos, y buscar sanear en nuestra vida el malestar hacia los demás.

Cuando aprendemos a no tomar los actos de los demás como ofensas hacia nosotros, hemos avanzado enormemente en nuestro proceso de maduración como personas, y en nuestra vida de relación con el entorno. Mientras esto no ocurra, seguiremos haciéndonos daño y creyendo que el causante de nuestro mal es otra persona.

El perdón, entonces, se concede, y al vivirlo, sanamos nuestra herida, sanamos nuestra vida.  El rencor, que es lo que se instala en lugar del perdón, sólo nos daña más y más.

Reconciliarse puede ser el final de un duro camino.

No hay garantía de que se logre, pero en todo caso, la reconciliación no tiene que ser el primer paso después de una separación o de una pelea; debería ser, más bien, el último.  Si se la emprende sin haber decantado los dolores y los resentimientos, seguramente no durará mucho.

Después de haber pasado por una situación crítica en la que se pudieron cruzar agravios, descalificaciones, ofensas y demás malos tratos, la reconciliación llega como un anhelado bálsamo, y se puede asumir así, sin más ni más.  Pocas cosas tan hermosas como pasar de la discordia o la indiferencia al reencuentro.

Se corre, no obstante, el riesgo de tapar y negar las emociones negativas que hasta muy poco tiempo atrás aún hacían hervir la sangre.  Esto es frecuente y muy dañino.  Todo lo que se guarda sin digerirse después se atraganta y sirve de base para un nuevo distanciamiento en el momento menos esperado.

No se trata de quedarse rumiando amargamente lo ocurrido; de esa forma seguro que no se llega al buen camino.  Más bien es cuestión de mirar sin apasionamiento los episodios que dieron lugar al enojo, y tratar de encontrar las razones que pudieron llevarlo a cada uno a actuar de manera inadecuada.

Sin pasión, sin recelo, con el corazón y la cabeza orientados al propósito de encontrar otras formas de actuar o responder a los comportamientos del otro.  Recuerde que es muy difícil que siempre el otro tenga la responsabilidad.  Con certeza usted puso una buena dosis de algo negativo para que todo explotara.  Mírese sin lastimarse, y mire lo que la otra persona hizo, sin juzgarla ni otorgarle malas intenciones.

Ahora limpie el terreno tomándose un tiempo para verse a sí mismo como capaz de actuar mejor, y empiece a buscar en usted la confianza que necesita sentir hacia la otra persona.  En otras palabras, busque honestamente la forma de perdonarla.  No desde una posición arrogante o displicente, sino a partir de una actitud serena y convencida de su capacidad de entender y acompañar a esa persona que es para usted tan importante, en el camino hacia la reconciliación.

Reconciliarse es, antes que nada, una vivencia para sentir y para creer íntimamente, de tal modo que cuando se ponga en juego ya tenga buenos cimientos en usted.  De ahí en más, todo será más fácil, porque tendrá fuerzas y convicción suficientes para aguantar los embates con que el dolor y la ofensa cercanos tratarán de desequilibrar el nuevo intento de unión.

Digamos que no es un logro inmediato ni sencillo, pero conociendo el camino, y si tiene presente que las reconciliaciones no se generan exigiendo cambios al otro, sino ofreciendo actitudes abiertas y honestas orientadas al cambio, va a lograr resultados satisfactorios para la situación de hoy y para su vida toda, porque no habrá sido la primera vez, y con toda seguridad, no será la última en que ha perdido por unos días la armonía con esa persona que tanto quiere.

Reconciliarse con el otro puede ser fácil o difícil.  Depende mucho de qué tanto se reconcilie con usted mismo y con la vida, antes que nada.

Los demás, a quienes usted ama o estima, lo verá muy pronto, no son un problema, sino un buen puente para aprender a vivir mejor.


Diálogo con los lectores

No puedo creer que no quiera volver conmigo después de todo lo que he hecho por ella durante tanto tiempo. R.  Quintana

Lo que uno hace por otro puede ser devuelto con gratitud, pero no necesariamente con amor.  Los sentimientos pueden tomar en cuenta la justicia, pero no dependen de ella.  Sentir algo por otra persona no siempre tiene explicación.  Ser generosos, ayuda, pero hacer sentir amor depende más de su alegría, de su entrega, de la celebración de los logros de ella, de que se sienta valiosa al lado suyo… y de tantas y tantas cosas más. Jorge Alba.

Para un diálogo provechoso debe haber una auténtica actitud de escucha.

El diálogo es, tal vez, la herramienta para el entendimiento mutuo más promovida, y a la vez, más truculenta. Muchas personas dialogan más pensando en ganar que en comprender los argumentos del otro.

Casi siempre se parte de una posición, que no es otra cosa que el punto de vista parcial que se asume al empezar a dialogar.  A partir de ese momento ya se está parapetado en un sitio, y se intenta demostrar la validez de las reflexiones y de los argumentos propios, que serían más coherentes y más claros y reales que los del interlocutor.

Con frecuencia, cuando se siente que los argumentos de la otra persona son más contundentes, surge como defensa la descalificación del otro como forma de desautorizar sus opiniones o puntos de vista.

Todos en algún momento de nuestras vidas, y algunas personas muy frecuentemente, usamos este esquema.

Desde luego que así no se llegará jamás al entendimiento.  A lo sumo, al sometimiento del otro, que no es en sentido alguno, algo deseable.

Para un diálogo provechoso es imprescindible una actitud de escucha franca y real.  El interés tendría que estar centrado no solo en argumentar con claridad; también en tratar de captar con total honestidad lo que el otro dice, y proponerse asimilarlo para establecer dónde están las coincidencias y las diferencias.

Pero usted habrá sido testigo de la infinidad de veces en que uno de los interlocutores casi no puede esperar a que la otra persona termine de decir lo que está diciendo: menea la cabeza o empieza a expresar monosílabos que pretenden cortar el discurso del otro, o a tamborilear con los dedos.  Es claramente notorio que no está escuchando.  Apenas, mostrando que ya no puede esperar más para decir lo contrario de lo que le están diciendo.

En esos casos hay diálogo “técnicamente hablando”, pero no hay posibilidad de encuentro ni de conclusiones compartidas.  Es un diálogo estéril.

Haga el intento: busque que el diálogo sea una fuente de nuevos acuerdos, de reconocimiento del otro. Descubra el enriquecimiento mutuo y la enorme satisfacción que produce abrir las posibilidades de ampliación de sus criterios y de los criterios ajenos.  Las vivencias de logro, de encuentro, de ganancia son enormes, y solo se necesita practicar esa buena disposición a la escucha y al conocimiento de ese otro que desea compartir sus puntos de vista con nosotros.

No permitamos que esas oportunidades de mejoramiento de nuestros vínculos se nos vuelvan lo que un adolescente llamaba “dialogazos”, aludiendo a cómo sentía cada uno de esos encuentros con su padre, con el propósito de  “dialogar”.

Con un pequeño esfuerzo de atención, simplemente, y cuidándonos de no caer en las distorsiones ya anotadas, podremos rescatar el verdadero diálogo y sus maravillosas consecuencias para el entendimiento que tanta falta nos hace hoy por hoy.


Diálogo con los lectores

El Buentrato debe abarcar todos los ámbitos de nuestra existencia, esto involucra obviamente a todos los seres humanos, incluyendo a nosotros los adultos (…).  Los parques se crean para los niños, pero no hay una cultura del respeto para con los adultos mayores.  Sara Aguilar.

Dejo el reclamo de doña Sara como testimonio y como invitación a todos para que no permitamos que lo que ella denuncia se vuelva una realidad injusta, como de hecho manifiesta que ya ocurre. Jorge Alba.

“¿Por qué mi hijo es así, si el ejemplo que le doy es tan distinto?”

Es un hecho incontrovertible que día a día es menor el tiempo que los padres y las madres pasan con sus hijos, y que día a día es menor la influencia de los padres y de las madres sobre sus hijos.  También, día a día es mayor la necesidad que los hijos tienen de sus padres.

Todas las ofertas educativas que los niños tienen hoy, lo mismo que todos los recursos para el uso de su tiempo libre, además de las ocupaciones de sus padres, producen un cambio muy significativo en la cantidad de tiempo que se comparte con los hijos.  En consecuencia, la influencia de los padres sobre sus niños también se reduce significativamente.

La educación la ejercen cada vez más agentes, y termina siendo el resultado de múltiples experiencias que difícilmente podemos valorar.  Educa la institución en la que estudian, los familiares con quienes se tienen que quedar frecuentemente, los compañeros de clase, los amigos, las personas que se encuentran en las academias o clubes o cursos de vacaciones, los padres de sus amigos cuando van a sus casas, las empleadas del servicio… mucha gente con la que los niños comparten, además de sus padres.

Cada vez  con mayor frecuencia los padres se hacen la pregunta del título que me transmite una lectora, y seguramente se seguirá haciendo más crítica esa situación con el paso del tiempo.  Pero esto no es una catástrofe.  Más bien, implica la posibilidad y la necesidad de que los padres y las madres presten más atención al tiempo que pueden pasar con sus hijos para que éste sea más productivo, mejor aprovechado, más sentido, más comprometido.

No se trata de “ponerse al día” en cada encuentro, y dedicarse a forzar las cosas para que quepan muchas en poco tiempo.  Deben seguir siendo encuentros naturales, espontáneos pero valiosos.  Que ustedes sientan que se viven de manera rica y entusiasta, que el afecto tiene un lugar destacado.

Recuerden que siempre su influencia, por poca que sea, es altamente significativa para sus hijos.  Y significativa quiere decir que puede ser muy edificante o muy perniciosa.  Depende de lo que ustedes elijan para compartir con ellos.

Los interminables discursos y las recomendaciones y las amenazas y todo ese tipo de comportamientos que los aburren o los asustan (cada vez menos) resultan una forma de calmar la conciencia, pero son muy poco eficaces.  Compartir con alegría, y generar momentos de disfrute y buena sintonía emocional, sí que terminan siendo experiencias inolvidables.

Tengan presente que todas las vivencias que sus hijos tengan con otras personas llevan como telón de fondo lo que han aprendido y experimentado en su casa, con ustedes.  Ese es el filtro con el que procesan toda nueva experiencia.  Si lo vivido con sus padres es positivo y valioso, hasta cuando ustedes no están con ellos, los siguen educando, porque miran las cosas con la perspectiva que han aprendido a su lado.

Así que no se preocupen ni se asusten.  Muy bueno que aprendan muchas cosas distintas a las que ustedes les han brindado.  Lo importante es que lo aprenden sobre los cimientos que ustedes han logrado construir desde su hogar.  Cimientos ojalá bien fuertes y sanos.


Diálogo con los lectores

Yo quiero acariciar a mi hijo, pero él ya no se deja.  Dice que tiene 10 años, y que no quiere que lo trate como a un bebé ¿está bien que reaccione de esa manera? Lucy T.

Parece que él percibe una discrepancia entre las caricias que usted le quiere hacer, y la edad que él tiene. Quizás usted lo quiere acariciar como a un bebé, como dice.  Las caricias no son para todas las horas, ni las mismas para todos los niños.  Es necesario que usted identifique cuál es el acercamiento físico que él permite hoy, que puede sentir que corresponde a su edad.  Eso no quiere decir que no le gusten las caricias.  Jorge Alba .

¿Preocupa la educación para la autonomía de las niñas, de los niños y de los jóvenes?

Parece que sí, que cada vez más personas, docentes y padres de familia entre ellos, están muy preocupados, y hasta asustados, con la autonomía que pretenden los chicos, y que, en cierta medida, parece cobijarse con acciones como la de tutela.

Se sabe que muchos niños ahora invocan esa norma, lo mismo que la posibilidad de quejarse ante una comisaría de familia o, aunque sea, ante el rector del colegio para solicitar la defensa de sus derechos.  ¿A dónde vamos a parar?… se preguntan algunos adultos del grupo de los asustados.

Entendamos primero qué es la autonomía.  Muchas personas piensan que no es más que la pérdida del sentido de la obediencia.  Crasa equivocación.  Si bien es cierto que los sujetos autónomos no se interesan mucho por la obediencia, la autonomía, lejos de ser una forma de desobediencia, es más bien la manera de hacer las cosas con criterio propio y respeto por las concepciones ajenas.

No es, entonces, el campo de la arbitrariedad, del desmán, del desafío arrogante.  Es la modalidad personal, auténtica y sensata de actuar.  Claro que la sensatez de unos puede diferenciarse de la sensatez de otros, con lo cual ya establecemos otro punto de vista importante: no hay una sola sensatez, un solo criterio válido.

Digamos algo en beneficio de los preocupados y asustados antes referidos: tienden a creer que hay una sola verdad, una sola forma correcta de actuar y, por supuesto, esa es la propia.  De ahí que cuando ven que otros defienden un criterio diferente se alarmen.  Cualquiera lo haría si fuera cierto que hay una sola manera de hacer las cosas bien.

Todos nos incomodamos, por decir lo menos, cuando alguien nos dice una palabra “insultante”.  Pero ¿por qué es insultante? ¿Porque así la tomo o porque así es? ¿Las palabras pueden ser insultantes por sí mismas?  Es posible que haya algunas que sí, pero aún esas, depende de cómo, cuándo, por quién… se digan.  No es lo mismo una palabra insultante dicha por un niño de cinco años que por un joven de trece o por una persona mayor…  Cada circunstancia tiene sus características, y el asunto no es andar ofendiéndose por lo que me parece ofensivo, sino encontrarse con el otro para entender desde dónde, y a partir de qué dice lo que dice.

La autonomía, que puede resultar irrespetuosa para alguien, opera igual.  Si uno se ofende sin importar quién diga las cosas o a partir de qué o en qué circunstancias, de seguro que vamos a ofendernos muchas más veces de las que de manera genuina pudiéramos hacerlo.

Casi siempre, cuando hay una ofensa, hay más una susceptibilidad herida que una intención de herirla.  Y aún así, si hablamos de educación, de lo que se trata no es de ofenderse sino de ver cómo lograr que la comunicación entre unos y otros no incluya las palabras hirientes, descalificadoras o dañinas que se puedan usar, sino más bien, de tratar de hacerse entender y de tratar de entender a los demás.

La autonomía no es una mala actitud.  Todo lo contrario: es lo que necesitan los chicos para moverse en este mundo con razones propias para tratar de cambiarlo por uno mejor.  Claro que aprender a usarla implica tropiezos, y nosotros podemos ubicarnos en dos lugares diferentes frente a este nuevo aprendizaje: del lado de quienes sin asustarse tratan de enseñar a usarla bien, o del lado de quienes se ofenden, se asustan y frenan su desarrollo, contribuyendo a que nada ni nadie cambie; a que todo siga igual.